Papá es un ‘hooligan’

Ángel Jiménez, un pacifista con silbato que quiere erradicar los insultos del fútbol

Un estudio revela que los padres son una de las principales causas de violencia en el deporte escolar – Muchos progenitores sucumben a lo emocional y sufren una transformación en los partidos – Los niños ya no quieren pasarlo bien, sino ganar

EDUARDO RODRIGÁLVAREZ 10/12/2011

-¿Ve usted, don Santiago, a ese extremo rubio…? Lleva una progresión magnífica.

-Ya, ¿y quien ese señor que está apoyado en la barandilla viendo el entrenamiento?

-Es su padre, don Santiago.

-No me interesan juveniles con padre.

La conversación, nada literal, fuera verídica o leyenda urbana, se le atribuye a Santiago Bernabéu, presidente del Real Madrid entre 1943 y 1978 (año de su muerte), con un empleado o directivo del club. No es que Bernabéu quisiera futbolistas huérfanos, pero lo cierto es que desde entonces, y probablemente antes, ya se consideraba la figura del padre como un elemento a menudo pernicioso en el desarrollo deportivo de los jóvenes.

Llovió y llovió desde aquella conversación y ahora esa percepción social que cada cual en su condición -primero de joven y después de padre o madre- ha vivido ha sido ratificada por un estudio del Gabinete de Prospección Sociológica del Gobierno vasco, publicado en noviembre, y en el que destaca un dato aterrador: un 25% de los encuestados considera que la agresividad de los padres/madres de los jugadores explica uno de los motivos más importantes en los actos violentos que se producen en el deporte escolar. La muestra (820 entrevistas) está referida a la comunidad autónoma vasca y no se ha encontrado otro estudio similar con mayor dimensión geográfica, aunque nadie cree que la percepción variaría de forma singular en otras comunidades. Solo un concepto mucho más global como la falta de educación supera a la agresividad paterna como motivo de la violencia verbal, especialmente, o física, en menor medida.

A nivel general, un 27% de los preguntados asegura haber asistido a competiciones deportivas escolares en las que se han producido agresiones verbales del público hacia los deportistas. Curioso, porque en ese tipo de competición la condición de espectador suele coincidir casi al 100% con la del entorno familiar y social del niño y los deportistas, a los que alude la pregunta, alcanzan como mucho los 14 años (según las leyes del Deporte que rijan en cada comunidad). Un 22% asegura también haber asistido a competiciones escolares en las que ha habido agresiones verbales entre el público, un 20% a agresiones verbales entre jugadores, un 7% a agresiones físicas entre el público y un 14% a agresiones físicas entre los jugadores.

El padre como ejemplo de hooligan, a veces por su condición de tal en todos los órdenes de la vida, a veces en transformaciones de fin de semana que acaban sorprendiendo al propio hijo. «Este es un tema que conviene singularizar», afirma Fernando Gimeno, psicólogo de la Facultad de Ciencias de la Salud y el Deporte de la Universidad de Zaragoza. «En algunos casos que hemos trabajado se da la circunstancia de padres que no se reconocen a sí mismos en el momento del partido», asegura. «Un padre reconoció: ‘La primera vez que fui a un partido de mi hijo, me dijo que me callara, que ya estaba bien’. A veces se trata de personas correctas pero que sucumben a la implicación emocional de ver allí a su hijo, que les envuelve el entorno, que es muy propicio a este tipo de actitudes».

Todas las miradas apuntan al fútbol. No en vano, un estudio realizado la pasada temporada por la Diputación Foral de Biz-kaia alertaba ya de que en el 15% de los partidos disputados se habían producido actos de violencia y la propia institución foral, en unión con la federación de fútbol vizcaína, lanzó una campaña mediante la cual los árbitros portaron unas camisolas con la leyenda «No a la violencia» después de algunos casos de agresión. Celino Gracia Redondo, ex árbitro internacional, reconoce que «en estos partidos escolares, de niños, he escuchado insultos muchos más graves que los que he oído en los campos de Primera División». «Mi hijo también jugó en categorías inferiores en el Zaragoza y yo trataba de aislarme del entorno general. Me iba a una esquina porque aquello había veces que era insoportable y además siendo árbitro en activo, imagínate lo que podía ser aquello…». «Lo que tengo claro», añade, «es que un chico de 10 años no tiene maldad en el campo y que tranquilamente podrían jugar sin árbitros. Es el entorno, mayoritariamente el familiar, el que pudre esa situación. Eso está claro».

No está tan claro ni que el fútbol, por mayoritario y por deporte de contacto, sea el más peligroso, ni que el niño no aporte maldad alguna al ejercicio del deporte. «Es curioso que en un deporte como el tenis se produzca un grado de antideportividad, y a veces de agresividad, inesperado», dice Fernando Gimeno. «Hay que tener en cuenta que en ese deporte, por ejemplo, a nivel escolar no hay árbitros. Hay uno general que se pasea por las distintas pistas y son los propios jugadores los que se autoarbitran. Pues bien, la antideportividad es generalizada en el análisis de cada jugada. Y la intervención del entorno [léase padres o entrenadores] no suele resultar aleccionadora, según hemos podido estudiar, y alcanza en ocasiones a la agresividad o la ley del más fuerte».

«Todos hemos sido testigos de la violencia de los padres en este tipo de situaciones», afirma Victor Urrutia, director del estudio del Gobierno Vasco «y está claro que mediante la extensión del deporte se están filtrando elementos que alteran el deporte formativo, el deporte como compendio de valores». «Un concepto de tanto valor en la vida como es la competitividad, en el deporte se pervierte y se convierte en una causa de generación de violencia», señala. «¿Y por qué no la cooperación, como valor deportivo?», se pregunta Víctor Urrutia, «¿por qué la competitividad trufa ese posible sentimiento en un deporte colectivo, y por tanto solidario, especialmente el mayoritario fútbol? No hay duda de que esta encuesta ratifica una impresión generalizada y pone de manifiesto que si en la competición escolar se genera cualquier tipo de violencia, estamos ante un hecho preocupante y es un toque de atención a los padres, porque el entorno familiar es el primer asentamiento de la personalidad».

Recuerda el director del Gabinete de Prospección Sociológica del Gobierno vasco la última película de Roman Polanski, Un Dios salvaje, en la que unos padres se reunen para analizar y resolver la brutal pelea entre los hijos de ambas parejas y acaban enfrentándose en una pelea mucho más brutal.

María Ruiz de Oña es la psicóloga del Athletic y aporta una línea más al debate. «Venimos observando últimamente que hay muchos padres que no quieren que sus hijos jueguen al fútbol, precisamente por esa imagen violenta que transmite». Son los padres no hooligans. Una versión que corrobora también Gimeno al reconocer que sin el voluntarismo de algunos padres «no habría deporte escolar especialmente en zonas rurales, donde la organización de eventos es más dificultosa». El deporte escolar, no obstante, vendría a ser como el reflejo en miniatura del deporte espectáculo de los grandes acontecimientos. «Basta ver la actitud de algunos padres cuando le cambian de puesto a su hijo o le relevan por otro muchacho. Es la fotografía en blanco y negro del gran deporte en color. De ahí a la agresividad verbal no hay más que un paso. Cada vez vemos más alevines que no llegan al deporte con la idea de pasarlo bien, sino de ganar», señala Ruiz de Oña.

«El mayor drama que nos sucede a quienes trabajamos en equipos de élite, en edad escolar, es cuando tienes que dar la baja a un muchacho y llevarlo a jugar a otro sitio», recuerda la psicóloga del Athletic. «¿Sabes qué es lo más preocupante para el chaval o la chavala? Decírselo a sus compañeros de colegio. Ese es el primer drama».

Sin embargo, a pesar de que no figura en la encuesta, Ruiz de Oña entiende que hay una figura principal en el aleccionamiento y en la prevención de la violencia: «El entrenador es clave, el padre al final es un agente indirecto. El entrenador es la primera referencia del muchacho y esa convivencia en muchos casos es tremendamente complicada». Quizás por eso Gimeno hace hincapié en los cursos que se dan a los entrenadores o monitores para «saber entrenar a los padres y madres, porque necesariamente van a tener que enfrentarse a los progenitores de tú a tú y estos también intervienen en la formación e incluso en el desarrollo del partido». «En el fondo», asevera, «no estamos educados para superar la dificultad de ser espectadores».

La encuesta del Gobierno vasco revela algunos datos laterales abiertos al debate: ¿Es un reflejo de la violencia general? La gente preguntada (mayor de 15 años) cree que sí (totalmente un 48% y en alguna medida un 42 %), y también considera que el fanatismo es la segunda causa de conflictividad en el deporte escolar.

¿Todos llevamos un hooligan dentro cuando el vástago se pone ante nuestros ojos? Mayoritariamente, sí. Es cierto que el nivel de agresividad o de violencia verbal no se ha medido en los campos del deporte profesional, donde el ruido ahoga las expresiones. Seguramente muy pocas personas podrían levantar la mano si se preguntase quién no ha proferido un insulto en un campo de juego, desde el violento fútbol hasta el señorial tenis (contra el árbitro, contra el rival, el presidente, el portero…). El insulto al árbitro es un ritual ya concebido como rutinario y que al parecer se antoja un asunto más anecdótico que importante. «Por principio nunca critico a los árbitros y no voy a cambiar mis principios por ese hijo de puta», dijo un entrenador inglés al término de un partido.

No se escuchan frases más suaves en la competición escolar, donde por cierto cada vez intervienen más mujeres (como deportistas, entrenadoras o árbitros) que han alargado la sucia vida de la agresión verbal.

Seguramente si Santiago Bernabéu levantara la cabeza y se encaminase a aquel terreno de juego no se encontraría al padre del extremo rubio acodado en la barandilla, sino charlando con otro tipo, el representante del chaval. Y si fuera al colegio, el padre del muchacho estaría hablando con un cazatalentos. Dice el filósofo José Antonio Marina que «todo el que trabaja en un centro educativo es personal docente». ¿Trabajan los padres en el centro educativo de sus hijos? Muchos, al parecer, creen que no.

Muchas causas para un problema

Líderes de referencia. Curiosamente, la encuesta revela que el deporte espectáculo no es percibido como un agente de violencia en el deporte escolar. Sin embargo, los expertos consideran que las analogías son múltiples y se trasladan del gran estadio al patio del colegio.

La competitividad, entendida de forma aislada, es la tercera causa de agresiones o violencia entre los chicos que practican deporte. La necesidad de ganar prevalece sobre el afán de disfrutar.

El árbitro, aparentemente, deja de ser protagonista en este tramo de la competición deportiva. La falta de respeto al juez es la sexta causa de la violencia verbal o física. Sin embargo, se han producido muchos casos de agresiones de los jugadores o espectadores a los árbitros en este territorio deportivo.

La violencia social general sí se entiende como un reflejo para la violencia en el deporte. La mayoría de los encuestados considera que totalmente o en gran medida es el origen de los comportamientos que luego se reproducen en el campo de juego.

La solución pasa por los programas de concienciación a los padres/madres y familiares.

El Pais

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